Perdedores y ganadores. Elecciones del 6 de junio de 2021

9 de junio 2021

Las Elecciones del 6 de junio de 2021 sirvieron para extirpar rémoras del antiguo régimen: el PRI y el PAN perdieron diez gubernaturas; por otra parte, mostraron que Morena ha perdido una buena parte de los apoyos de hace tres años.

El mayor perdedor en las elecciones para gobernadores es el PRI, que perdió ocho. Los comicios para renovar los gobiernos en los estados revelaron el México viejo, que sufrió una derrota contundente en 2018, cuando una aplastante mayoría votó en contra de los candidatos presidenciales del PRI y el PAN. Pero hace tres años quedaron más de la mitad de los gobiernos estatales en manos de los partidos acedos. Y ahora fueron barridos. Las elecciones recientes limpiaron esas miasmas. Aquí, el mayor vencedor es el partido Morena, que suma once nuevos gobernadores.

El otro México que apareció con las votaciones es el de Morena como partido en el gobierno. En menos de tres años de gobierno federal de AMLO, su fuerza ha menguado. El actual partido oficial tendrá 50 diputados federales menos que en 2018. Ya no votaron por sus candidatos a legisladores 3 millones 565 mil personas. También en las contiendas municipales este partido retrocedió, como en la Ciudad de México. En el estado de México perdió Toluca, Naucalpan, Tlanepantla y otras grandes concentraciones de población. Igualmente Puebla de los Ángeles. Monterrey y Guadalajara están muy lejos de sus sueños.

AMLO sale debilitado en muchos sentidos, aunque su triunfo en los estados puede disimular la magnitud de sus retrocesos. La presidencia ha quedado debilitada y muchos de sus planes y proyectos deberán replantearse. Terminaron los delirios de grandeza.

El PRI, pierde y pierde. Y sólo es cuestión de tiempo para que entregue las cuatro entidades que le quedan (a más tardar en 2023). El voto de castigo a Morena que recibió el tricolor no puede ocultar que es un partido mediano, con 18% del voto nacional, muy lejos de la aplanadora de épocas pasadas, que se adjudicaba hasta 70%.

El PAN entregó dos de las gubernaturas pero pudo mantener a Chihuahua y Querétaro. La alharaca por haberle quitado a Morena algunas alcaldías y municipios no es suficiente para opacar su debilidad: en diputados, está casi igual que el PRI, consiguió un 18.3%. Ha quedado reducido a un partido mediano, que en estos años ha perdido la mitad de su electorado.

La fuerza nacional real de Morena está en sus números en la Cámara de Diputados, en donde alcanzó un modesto 34%, porcentaje con el que no se puede hacer mucho a menos que entre en alianzas todavía más discutibles que las que hoy mantiene. Por esto AMLO declaró que buscará que el PRI lo apoye en la Legislatura. Sería una 4T (“Cuarta Transformación”) con el tricolor y el verde. Nada que beneficie al país y a las amplias mayorías.

Si el oficialismo apenas tiene un tercio del electorado nacional, los partidos históricos de la burguesía tienen una sexta parte cada uno, es decir, el 6 de junio confirmó su debacle.

Aunque de manera todavía débil, la elección en México reflejó la realidad latinoamericana, en la que los “progresistas” vienen a menos y la representación política burguesa se fragmenta en numerosos y débiles partidos. Por ejemplo, en Perú hubo 20 candidatos presidenciales y la fuerza burguesa más exitosa, la del tirano Fujimori, consiguió en la primera vuelta un poco más del 13%. La burguesía se muestra cada vez más impotente de crear, como en el pasado, fuertes partidos que ganen la adhesión de grandes capas de la clase trabajadora y las capas medias. En el México de hoy fueron muchos los candidatos venidos de la farándula, otros se contorsionaron en el tik tok, otro aumentó sus chances al hacerle un chiste machista a su esposa “influencer”. Ninguno presentó ideas ni planes.

En México, el 48% de la población declara ser apartidista, no encuentra en ningún partido burgués motivos para darle su pleno apoyo. En 2018, cerca de la mitad de estos escépticos en los partidos capitalistas votaron por AMLO. Tres años después, sólo votaron por Morena el 37% de ellos.

La realidad, decía León Trotsky, es “una amalgama de formas arcaicas y modernas”. En 2021 lo arcaico fue ver al PRI y al PAN con el control de la mitad de los estados de la república. Esto felizmente va quedando atrás. Lo “moderno” es Morena en el poder, aunque en sitios como la Ciudad de México ya son casi 25 años de este partido y sus antecesores en el gobierno. Su incompetencia e irresponsabilidad en el accidente en el Metro cansaron a muchos. Lo nuevo, envejece, no por la acción del tiempo, sino por las promesas incumplidas y traicionadas, por la actual corrupción rampante en los altos círculos y de la que es cómplice el fallido prócer, por los proyectos de obras faraónicas que no beneficiarán a los pobres y dañarán el ambiente. Igualmente fue repugnante el machismo y misoginia que descendió desde la presidencia. La justicia nunca se sentó en la mesa de los familiares de los 43 de Ayotzinapa ni en la de las madres buscadoras de decenas de miles de desaparecidos.

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Lenta pero inexorablemente se debilitan las representaciones políticas burguesas, lo mismo que la mayoría de sus instituciones, como las Cámaras, las Cortes, las Fiscalías, etcétera. Sólo sobre este poder capitalista que a diario se erosiona y que tiende a quedar demolido pueden alzarse nuevas instituciones de la clase trabajadora, los jóvenes, los indígenas y las mujeres. Son nuevas formas de organización de los de abajo que surgen en situaciones de efervescencia y de lucha, como en Colombia, Chile, Perú. Y hasta más cerca, como en Cherán y otras comunidades campesinas de Michoacán y Chiapas que impidieron la instalación de mesas electorales. Están latentes en México en la lucha de 41 años por democratizar al sindicato nacional de maestros. Y en la necesidad de que los de abajo tengan sus propios partidos políticos. Eso es lo verdaderamente moderno. Ese es el futuro.