Safaris humanos en Sarajevo: el rostro más brutal del capital

Por Laura López

En el primer tomo de El Capital, Marx describe la acumulación originaria como el proceso histórico mediante el cual se despojó violentamente a los trabajadores de sus medios de producción, separando a los campesinos de la tierra para crear una nueva clase de obreros sin propiedad. Esa acumulación dependió, además, de manera abrumadora de la colonización de América y las Indias Orientales, en particular del comercio de esclavos impulsado por las potencias europeas. No es sorprendente, entonces, que la clase burguesa —cuyas fortunas fueron amasadas mediante explotación, saqueo y violencia— continúe mostrando una crueldad inmensa hacia la humanidad. Las oligarquías modernas han heredado no solo la riqueza construida por sus ancestros, sino la lógica depredadora que Marx señaló como el origen del capital; y quienes ascienden más recientemente a esa clase reproducen los mismos patrones a través de la corrupción, el saqueo y nuevas formas de despojo.

A pesar de la larga historia de atrocidades cometidas por los grandes millonarios —que han financiado guerras, devastado ecosistemas y masacrado pueblos enteros para aumentar su riqueza— parecería que ya nada podría sorprendernos. Pero las revelaciones recientes sobre los safaris humanos durante la guerra de Bosnia estremecen al mundo entero.

Ezio Gavezzani, corresponsal de guerra, denunció ante la Fiscalía de Milán, aportando numerosas pruebas y testimonios, que durante la guerra entre Serbia y Bosnia-Herzegovina —específicamente durante el sitio de Sarajevo, entre 1992 y 1995— multimillonarios presuntamente de extrema derecha, originarios principalmente de Italia pero también de otros países europeos y de Estados Unidos, contrataron tours que partían de la ciudad italiana de Trieste. Una vez en Bosnia, y resguardados por milicias serbias, estos individuos eran ubicados como francotiradores en las colinas a las afueras de Sarajevo para disparar a civiles. Según la investigación, estos criminales de guerra pagaban entre 80 y 100 mil euros de la época por pasar un fin de semana cazando personas inocentes como una forma perversa de entretenimiento.

Se estima que más de 11 000 civiles —incluidos niños— fueron asesinados de este modo: vidas arrebatadas para divertir a oligarcas que nos ven como juguetes, cuerpos desechables a los que pueden exprimir para acumular fortunas que luego gastan en ir de safari humano para disparar contra los hijos de la clase trabajadora. Esta práctica aberrante no es solo un episodio condenable de la guerra de Bosnia-Herzegovina ni una herida abierta para Europa del Este: es una demostración obscena de las implicaciones más profundas del capitalismo y del tipo de gente que concentra las grandes fortunas.

La clase proletaria —los nadies del mundo, los desposeídos que luchan por llegar a fin de mes— no tiene por qué sentir un gramo de empatía hacia quienes los explotan y que, si pudieran, los matarían por diversión. Como escribió Walter Benjamin, “no hay documento de civilización que no sea a la vez documento de barbarie”. Esa frase adquiere aquí un sentido literal: la barbarie no es un accidente del capitalismo, sino uno de sus productos más estables.

Hoy más que nunca, como clase, debemos tener certeza de que no existen millonarios éticos: ni por la manera en que obtienen los miles de millones que acumulan, ni por la manera en que estos megalómanos deciden jugar con la vida y el sufrimiento de la gente, ya sea para beneficiarse o simplemente porque pueden hacerlo. La acumulación capitalista —desde su origen hasta su fase actual— siempre ha requerido cuerpos sacrificables.

Es momento de que el mundo no solo condene estos crímenes de guerra en los tribunales internacionales, sino que la clase trabajadora —que constituye la inmensa mayoría de la humanidad— reclame la justicia que merece y la dignidad que le ha sido arrebatada por sus explotadores. Esa justicia no puede ser únicamente penal: debe ser estructural. Debe implicar la reorganización del poder para que éste radique en el pueblo y no en un minúsculo grupo que se siente con derecho a hacer lo que se le antoje sin enfrentar consecuencia alguna.

Porque mientras exista un sistema que coloque a unos pocos por encima de la vida de millones, la posibilidad de nuevos Sarajevo seguirá intacta