Contradicciones del Plan de paz de Trump y cómo puede aprovecharlas el pueblo palestino

Por Cuauhtémoc Ruiz

El diluvio de protestas en favor de Palestina por medio orbe y su creciente tumultuosidad comenzaron a desestabilizaron el orden capitalista internacional y amenazaron a algunos gobiernos. Ello y la increíble resistencia del pueblo de Gaza y sus aliados detuvieron el genocidio que estaba perpetrando Israel.

Frente a ese revés del ala más derechista del sionismo, el presidente norteamericano ha debido urdir o, mejor dicho, improvisar un “Plan de Paz” de 20 puntos (PT), que constituye un cambio en los métodos, políticas e instituciones con los que el imperialismo intentará destruir la causa palestina. Mientras que en los pasados dos años la política nazi sionista apoyada por EU se basó en el uso de la violencia y en ejecutar una matanza de palestinos de gigantescas proporciones, en el Plan de Trump (PT) el uso de la fuerza pasa a un segundo plano y se reduce sustancialmente, sin desaparecer, para dar paso al control de Gaza mediante una especie de protectorado imperialista, presidido por Trump y el británico Tony Blair, administrado por tecnócratas palestinos y sustentado en una “Fuerza Internacional de Estabilización”, formada por tropas de EU (en veremos), Egipto (también en veremos), quizá Pakistán y no se sabe bien cuáles países más. En este régimen político no hay lugar para Israel, que renunció a anexionar Gaza (y Cisjordania). Trump parece dispuesto a integrar a este proyecto a Hamás y a la AP (Autoridad Palestina) como policías y cogobernantes de una suerte de bantustán.

 

Cuando el imperio renuncia a usar la violencia como método preponderante

 

Este Plan de Trump constituye un giro en los métodos de la contrarrevolución. Tiene algún parecido con el cambio en la política imperialista que hizo el presidente gringo Jimmy Carter, en 1978, que sustituyó los golpes de Estado, la violencia y las dictaduras, por la instalación de regímenes democráticos burguesas, en el que se reservaron cargos parlamentarios y de gobierno para los representantes oportunistas de las masas soliviantadas. La gran diferencia entre Carter y Trump de septiembre de este año está en que actualmente la contrarrevolución en Gaza no tiene la capacidad de conceder los más mínimos derechos de la democracia liberal. Esto último constituye la más grave contradicción de esta nueva política y es la mayor grieta que debería aprovechar la causa palestina.

Tengo un importante acuerdo con el texto de Matheus, del MRS de Brasil, en el que evalúa el PT como una “victoria parcial” del pueblo palestino. Corrientes oportunistas como la española Podemos consideran que el plan de Trump persigue la rendición palestina, lo cual obviamente es la intención de Washington, pero no aprecian que también contiene hendiduras.

En contraste con las posiciones derrotistas, leemos en el texto de Matheus que “debemos celebrar la derrota de Israel y su retirada provisional, con la mayoría de los palestinos pudiendo dormir y despertar sin que les caigan bombas sobre la cabeza ni sufrir los efectos de la hambruna más brutal”.

Hay otro paso adelante más, otro saldo a favor de la causa palestina, igualmente trascendente. Israel se proponía con el genocidio una segunda Nakba: el asesinato, la dispersión y salida de Gaza de la mayoría de sus residentes. Requería de una diáspora de los palestinos sobrevivientes, que estarían derrotados y desmoralizados. Necesitaba mermar superlativamente a la población para destruir la viabilidad de un futuro Estado palestino al tiempo que se anexionaba o incrementaba considerablemente la colonización de Cisjordania. Los estrategas sionistas de extrema derecha (y desgraciadamente, la gran mayoría de la población israelí) llegaron a la conclusión de que la única manera de conseguir lo anterior es a través de un genocidio, es decir, del asesinato de algunos cientos de miles de gazatíes. Es decir, no bastaban los 70 mil -100 mil palestinos asesinados en los pasados dos años, el 3-4 por ciento de la población en la Franja de Gaza; es necesario exterminar a un 20 o 30% de la población, a 400 mil- 600 mil. Y esto no lo permitió la solidaridad internacional y los gazatíes. Consumar un genocidio con el triple o el cuádruple de las víctimas ya habidas es la única manera de destruir uno de los basamentos y componentes de todo Estado: la población. El cese el fuego calcinó ese plan sionista-imperialista. Fue el mismo Donald Trump quien expuso el proyecto de la ultraderecha hace pocos meses, cuando anunció la Ribera Gaza, la construcción sobre las ruinas de esa ciudad de lujosas edificaciones para el turismo internacional que disfrutaría de las playas. La población palestina restante y sobreviviente sería acogida, de acuerdo con Trump, por Egipto, Jordania y otros países. El actual plan de Trump está lejos de tales intenciones, y la comparación entre ambos sirve para descubrir las contradicciones del nuevo proyecto de Washington.

No se trata de un cese el fuego “temporal” sino de uno más duradero que concluya con la construcción de un ente en Gaza controlado por los imperialistas, que no constituya un peligro militar para Israel y en el que un sector de Hamas/AP se erija como policía y administradora. En el Plan de Trump de septiembre la población de Gaza (y de Cisjordania) persiste pero sin ser actora política, vegetaría estéril de ciudadanía y no podría estar armada.

El PT de fines de septiembre de 2025, entonces, es distinto al programa de la ultraderecha sionista y del que el mismo Trump enunció unos meses atrás. El ministro ultra de Finanzas de Israel declaró su oposición a Trump y hace pocos días el parlamento israelí (Knesset) intentó saltarse las actuales trancas trumpistas al anunciar que estaba por resolver la anexión de Cisjordania. El encargado de la política exterior de Washington, Marco Rubio, manifestó inmediatamente que ello daría al traste con los planes de Trump. Israel dio marcha atrás.

Con otras palabras, el plan de la ultra de Israel y del mismo Trump de hace unos meses ha sido derrotado, cuando menos por ahora. Los asesores de Trump se percataron de que sus pretensiones extremistas chocaron peligrosamente con la realidad mundial, en la que los pueblos del mundo se empezaron a levantar para que se detuviera la matanza. La continuación del genocidio hubiese significado más huelgas, más manifestaciones en decenas de países, más protestas, más aislamiento internacional de Israel, la segura desestabilización y hasta caída de algunos gobiernos. Así que tuvieron que diseñar otro plan que someta a los palestinos sin eliminarlos físicamente. Y hacer algo así es muy difícil y estará lleno de contradicciones. Eso es el actual plan de Trump.

 

Hacer todo lo posible para que Trump y socios no puedan conculcar los derechos políticos del pueblo palestino

 

Hemos hablado de la “realidad mundial”, es decir, de las relaciones de fuerza entre la revolución global y la contrarrevolución internacional. El polo de las masas no aceptó ser espectador pasivo desde sus televisores del genocidio en marcha en el Medio Oriente, se irguió y derrotó en este punto a la alianza enemiga. Pronosticamos que tampoco aceptará que en la franja de Gaza se le nieguen al pueblo sus derechos políticos. La mayor contradicción del plan Trump consiste en que niega implícita pero claramente que la población de Gaza (y de Cisjordania) cuente con representación y derechos políticos. En la Gaza con la que sueña el mandatario yanqui no habrá elecciones ni el derecho del pueblo a elegir libremente a sus representantes, instituciones y gobierno. Elimina los derechos democráticos más elementales, la formación de partidos políticos, el sufragio universal, las elecciones, etcétera. No se atreve a negar expresamente el derecho a la autodeterminación nacional, a formar un Estado palestino, pero tampoco lo acepta con llaneza. En ese camino podría llegar a negar los derechos de expresión, organización y manifestación (en lo que muy probablemente coincidiría con Hamas y la AP). El régimen político de la franja de Gaza (y Cisjordania) del Plan de Trump es una dictadura presidida por extranjeros basada en fuerzas armadas también extranjeras y de palestinos cipayos.

 

La posibilidad tangible de un Estado palestino

 

Trump debe impedir que las poblaciones de Gaza y Cisjordania tengan democracia pues si se participaran en elecciones libres votarían por la salida de Trump-Blair, las fuerzas armadas extranjeras y las que se contempla que tenga en la frontera Israel. Con otras palabras, mediante elecciones el pueblo palestino derrocaría el aparato de dominación del Plan Trump. La elección de un gobierno propio acercaría a los palestinos a la edificación de su Estado, de facto ése sería el Estado Palestino. Los palestinos cuentan ya con territorio, población y al sumar un gobierno propio, agregarían el tercer componente de un Estado: un aparato, una superestructura política e institucional propia, que incluye moneda nacional y Ejército. El reconocimiento internacional para un fenómeno así es un hecho. La formación de un Estado palestino podría estar más cerca de lo que parece. Su primera tarea sería exigir la liberación de los miles de presos palestinos en Israel.

 

Una reconstrucción de Gaza (y Cisjordania) en beneficio palestino requiere de democracia y de organización de las masas

 

Además, la realidad de Gaza hace imperiosa la democracia para una cuestión más, para la reconstrucción de esa ciudad. Comenzando por quién debe pagarla. El Plan T no lo dice pero los allegados del huésped de la Casa Blanca afirman que los 70 mil mdd o más que costaría serán pagados por los reyezuelos árabes megamillonarios. Pero lo procedente y justo es que lo pague Israel, como una necesaria reparación por la salvaje y deliberada destrucción que causó. De aquí surge una consigna: “Que Israel pague la reconstrucción de Gaza”. Para exigir que el Estado sionista pague, la población palestina requiere de los derechos democráticos más elementales, que no tendrá con Trump. Pero que querrá tener y cuya conquista es un llamado a la lucha.

El pueblo palestino, además, tiene el derecho a decidir cómo será la reconstrucción de sus ciudades y en favor de quiénes. Una reconstrucción burguesa implica pocas áreas verdes y de uso social para la población, viviendas populares pequeñas con materiales de construcción de baja calidad, sin servicios o con una urbanización deficiente. Para lograr una reparación de sus ciudades en su beneficio los palestinos requieren de democracia, de decidir a cada paso cómo será ésta. Aquí aparece la necesidad de proponer al proletariado palestino nuestro programa comunista-trotskista, cuyo eje es la organización vecinal-popular, de los sindicatos, los estudiantes, las mujeres, etcétera. Son estos organismos de las masas los que deben decidir cómo sería la reconstrucción de la ciudad y no el Hombre Naranja-Blair y los tecnócratas. Estos organismos comienzan a formarse o a reconstruirse. La necesidad de las masas palestinas de elegir a su gobierno, de representaciones políticas, de representaciones en sus barrios, escuelas, empresas, etcétera, y la lucha por estas demandas son el talón de Aquiles de Trump y compañía.

Por otra parte, la contrarrevolución se propone que el costo de la reconstrucción sea usado para extorsionar a los gazatíes: se les daría “gratuitamente” pero a condición de que se mantengan en silencio, aceptando ser castrados políticos, como establece el Plan T.

 

La necesidad de desatar una fuerte batalla política contra Hamas y la AP

 

El pueblo palestino tuvo la desgracia de ir a la guerra contra Israel dirigido por corrientes burguesas, fundamentalistas, en esencia contrarrevolucionarias, como es Hamas, los ayatolas iraníes, Hezbollá y otras. Lo que nos unió a ellas fue que, como nosotros, están por la destrucción de Israel y lucharon contra los nazi sionistas, los EU y sus aliados. Pero después de ese acuerdo las diferencias que tenemos con Irán y sus vástagos son enormes y en muchos puntos irreconciliables. Son las discrepancias entre los intereses de los proletarios, que nuestro programa expresa, y corrientes social, política y culturalmente enemigas. Para las masas árabes vale lo que escribió Trotsky para los proletarios del mundo: sufren de una crisis en su dirección, porque son representadas políticamente por corrientes enemigas de sus intereses históricos y de la revolución socialista. Estas corrientes islamistas fundamentalistas vienen de reprimir y sofocar violentamente las movilizaciones populares conocidas como “Primavera árabe”. El régimen de los ayatolas en Irán es su jefe y financiador en Medio Oriente. Es un régimen horroroso para los trabajadores, las minorías étnicas y las mujeres iraníes. Sus tentáculos monstruosos los ha extendido a otros países, como Siria e Irak. Es contrarrevolucionario, confesional, sectario y misógino. Pero este régimen en ocasiones se enfrenta al imperialismo y a Israel, como lo hizo hace poco. Y en esas circunstancias estamos de lado de Irán. (Por cierto, nuestro compañero Matheus valora a la baja el enfrentamiento militar de hace pocos meses de este país contra EU e Israel. Anexamos un texto de Carlos Fazio que, con numerosos datos e información, pinta una situación distinta. Una subestimación similar hace este compañero de los yemenitas hutíes, al ignorar que prácticamente paralizaron el estrecho de Ormuz, lo que tuvo consecuencias graves y costosas para el tráfico comercial internacional).

Hamas es parte de este fenómeno contradictorio: es una corriente sectaria, confesional, militarista-terrorista, enemiga de la democracia obrera y de las mujeres. Pero fue muy valiente y heroica en su resistencia contra Israel. Sus numerosos mártires son también nuestros. Nuestra valoración de Hamas es fuertemente crítica. El ataque del 7 de octubre de 2023 a Israel por Hamas y otros grupos palestinos armados fue correcto, fue el derecho del oprimido a rebelarse y como lo hicieron con armas en mano, mejor. El ataque en esa fecha respondió a que, como ya se ha dicho, Gaza era un enorme campo de concentración sometido a bloqueo, hambre, represión y humillaciones sin par. Pero algunas de las conductas y métodos de Hamas, la Yihad Islámica, y de otros más, fueron equivocadas y contraproducentes. También durante el desarrollo de la posterior resistencia de casi dos años. Los marxistas revolucionarios o trotskistas estamos por el uso de la violencia de los de abajo contra los dominadores pero ello, junto con severidad, energía y determinación también conlleva normas, contenciones, humanismo y nobleza. Ya hemos criticado antes a Hamas por el 7 de octubre. Posteriormente siguió cometiendo acciones que no apoyamos, como el maltrato sistemático a los rehenes y otras conductas que le han dado justificación a Netanyahu ante la sociedad israelí para bombardear Gaza y matar palestinos. Este tipo de acciones ayudaron a la ultra derecha sionista, al grado que entre los israelíes fue casi unánime el apoyo al Holocausto del siglo XXI. (Leer de Gideon Levy, “Israel está más unido de lo que parece”, 05/10/2025). Además de que de esta manera Hamas ayudó a Netanyahu, los comunistas tenemos contenciones morales y éticas que nos impedirían maltratar a personas cautivas e indefensas.

Es un punto polémico qué tanto prestigio o desafección despierta actualmente Hamas entre los palestinos. Los datos que tenemos son que dentro de Gaza ha menguado su base social aunque se incrementó fuera de Palestina. Sea como fuese, en las nuevas condiciones habidas ahora en la Franja, es fundamental llevar a cabo una lucha política para que los palestinos tengan una dirección trotskista o trotskizante, obrera, marxista, feminista e internacionalista. Y esto significa una fuerte batalla política contra Hamas.

En este documento, al pasar, he afirmado que Trump apuesta ganar a Hamas a su Plan, como puede quizá inferirse de algunas declaraciones que ha hecho en estas semanas. La claudicación de Hamas haría más factible el proyecto del residente en la Casa Blanca. Y tal proposición tiene asidero en la historia reciente. Como sabemos, estas corrientes islamistas fundamentalistas en el pasado colaboraron con el imperialismo estadounidense en Afganistán y en otros países. Podrían volver a hacerlo.

La construcción de partidos obreros marxistas revolucionarios en Palestina y el medio Oriente sigue siendo la mayor necesidad de sus pueblos y la más importante tarea de los trotskistas.