Revoluciones de colores y el peligro de las luchas juveniles sin proyecto

Por Laura López

En las últimas décadas, el capitalismo ha aprendido a leer, anticipar y administrar el descontento social. Las llamadas “revoluciones de colores” —desde Serbia y Georgia hasta Ucrania o Kirguistán— son un ejemplo paradigmático: irrupciones ciudadanas presentadas como levantamientos espontáneos por la libertad, pero profundamente atravesadas por intereses geopolíticos, financiamiento internacional y organizaciones no gubernamentales vinculadas a potencias occidentales. Lejos de representar una ruptura con el orden capitalista, estas movilizaciones funcionaron como operaciones de recambio: sustituyeron las élites, ajustaron gobiernos y recompusieron el consenso neoliberal sin tocar las estructuras económicas que siguen oprimiendo y explotando a las mayorías.

 

Su narrativa es siempre similar: juventud movilizada, un enemigo interno demonizado, un discurso moralizante contra la corrupción y la promesa de una “auténtica” democracia que nunca llega. Como advierte Slavoj Žižek, “la indignación moral sin análisis estructural es la forma más cómoda de la política”. Es una indignación legítima, sí, pero fácilmente funcional al poder. Por eso, tras la caída de los gobiernos en turno, las condiciones materiales de las mayorías no mejoraron; en muchos casos, incluso empeoraron. Lo que faltaba no era entusiasmo, sino horizonte histórico: conciencia de clase, organización política y un proyecto que trascendiera la simple rotación de administradores del mismo capitalismo.

 

En América Latina, y particularmente en México, asistimos hoy a fenómenos que recuerdan esa lógica: movilizaciones convocadas desde un malestar difuso dentro de la generación Z, fácilmente absorbidas por discursos individualistas, meritocráticos o directamente promovidos por actores de derecha. La reciente marcha juvenil, impulsada y amplificada por sectores conservadores, mostró que una protesta sin brújula puede convertirse en herramienta útil para quienes buscan recomponer el régimen bajo nuevos rostros.

 

La energía juvenil es decisiva en cualquier proceso político, pero también es frágil cuando carece de politización. Un movimiento sin claridad ideológica puede llenarse de consignas aparentemente progresistas y, sin embargo, terminar sirviendo a los intereses del capital. Las revoluciones de colores demostraron que incluso la movilización masiva puede ser instrumentalizada si no está sostenida por una estructura popular organizada, un programa transformador y una lectura materialista de la realidad. Donde no hay proyecto emancipador, siempre habrá un actor con recursos dispuesto a fabricar uno funcional a sus intereses.

 

La izquierda no debe idealizar la espontaneidad. Los estallidos sin dirección pueden debilitar más de lo que fortalecen. Las masas desorganizadas pueden ser usadas para desestabilizar gobiernos, fragmentar movimientos obreros o desplazar luchas reales en nombre de causas superficiales. Una protesta sin conciencia de clase no conduce a la justicia social: sólo facilita que un nuevo administrador del capitalismo reemplace al anterior, mientras la desigualdad permanece intacta. Como escribió Frantz Fanon, “cada generación debe descubrir su misión, cumplirla o traicionarla”; pero para descubrirla necesita formación política, organización y horizonte.

 

La tarea de las izquierdas latinoamericanas es clara: politizar a las juventudes, disputar su sentido común, construir proyectos de transformación que no puedan ser cooptados por ONGs financiadas desde el extranjero ni por aparatos mediáticos que fabrican indignación sin propuesta. Las rebeliones verdaderas no necesitan colores: necesitan conciencia de clase. La revolución no es un espectáculo visual ni un trending topic; es la construcción paciente de mayorías movilizadas, con claridad ideológica y voluntad colectiva para transformar la estructura misma de la sociedad.

 

Si algo enseñan las revoluciones de colores es que, sin organización popular, toda revuelta puede convertirse en el preludio de una derrota. La generación Z tiene fuerza, creatividad y hartazgo: creció bajo el neoliberalismo voraz, es la generación sin casa, sin pensión, sin futuro ecológico y que presenció un genocidio en tiempo real. Su indignación es justa, su desesperación es comprensible. Pero sin una formación política sólida y un proyecto por el cual luchar, esa fuerza puede ser utilizada y capitalizada por la derecha. La pregunta es si esa energía será encauzada hacia la emancipación o utilizada —otra vez— para que el capital se reinvente bajo un rostro más joven, pero igualmente conservador y despiadado.

 

Por eso, hoy es urgente que las juventudes militantes, los colectivos de izquierda, los partidos socialistas, las organizaciones estudiantiles, los sindicatos, los frentes antifascistas y también las élites intelectuales comprometidas asuman con mayor seriedad su responsabilidad histórica: no solo luchar, sino formar; no solo resistir, sino educar políticamente; no solo indignarse, sino organizar. Desde cada trinchera —la escuela, la fábrica, el barrio, la universidad y la calle— es necesario construir una juventud crítica, politizada y capaz de reconocerse como clase. Una juventud que piense estratégicamente, que sueñe con un futuro distinto y que se forme para conquistarlo colectivamente. Sin esa tarea pedagógica profunda, toda revuelta corre el riesgo de ser apropiada por quienes buscan mantener intacta la estructura que produce la desigualdad. Con ella, en cambio, puede nacer la fuerza histórica capaz de transformarlo todo.