Zohran Mamdani y el socialismo en la capital del capitalismo

Por Laura López

Zohran Mamdani nació en 1991, apenas dos años después de la caída del muro de Berlín —el acontecimiento que, en el imaginario popular, simbolizó el fin del mayor proyecto comunista del siglo XX. Para muchos, aquel derrumbe no fue sólo el colapso del llamado “socialismo” soviético, sino el nacimiento de una nueva era marcada por la idea de que “no había alternativa” al capitalismo. Pero tres décadas después, en el corazón del sistema, un joven musulmán, migrante, abiertamente socialista y solidario con Palestina se convirtió en alcalde de Nueva York.

La paradoja histórica es elocuente: mientras el socialismo real se desmoronaba en Europa del Este, un hijo de la diáspora global emerge décadas más tarde como representante de un nuevo socialismo en la capital financiera del planeta. La elección de Mamdani no solo tiene relevancia electoral: es una grieta en el relato neoliberal que proclamó la muerte de las alternativas.

Su campaña, apoyada por miles de voluntarios, fue un ejemplo de organización de base y de comunicación política enraizada en la vida cotidiana de los barrios populares. Con un discurso abiertamente anti burgués y una narrativa que reivindica la dignidad del trabajo y la justicia social, Mamdani logró conectar con sectores históricamente marginados del poder político en Estados Unidos. Esa irrupción de las ideas socialistas refleja que, ante las crisis del capitalismo, resurgen los imaginarios de cambio y la esperanza colectiva que el neoliberalismo intentó suprimir.

La generación de Mamdani ha vivido únicamente bajo el dominio del capitalismo neoliberal, y su voto por un candidato socialista expresa una forma de resistencia. Rechazan la idea de que el neoliberalismo sea la única opción posible y comienzan a esbozar una contrahegemonía desde dentro del propio sistema.

Sin embargo, toda irrupción popular en el campo institucional arrastra sus propias contradicciones. Como advierte Raúl Zibechi, “la izquierda no está exenta de reproducir las lógicas de poder que dice combatir; su desafío permanente es no convertirse en aquello que pretende transformar”. Mamdani llegó al poder montado en el aparato del Partido Demócrata, un partido imperialista, pro-Israel y comprometido con los intereses del capital financiero. Su victoria, aunque extraordinaria, está limitada por el marco institucional que lo sostiene. Puede prometer impuestos a los ricos o políticas redistributivas, pero su margen de maniobra como alcalde es estrecho: los poderes económicos y mediáticos no tardarán en recordarle los límites de lo posible.

La mayor amenaza que enfrenta Mamdani y todo proyecto socialista que llega al poder por la vía electoral: es la tentación de ceder a la presión del centro, de confundir la prudencia con la claudicación, de sustituir la movilización por la gestión.

Su triunfo, sin embargo, demuestra que, aun en el núcleo del capitalismo, puede surgir una voluntad colectiva capaz de desafiar el orden establecido. Para millones de migrantes, trabajadores precarizados y jóvenes estadounidenses hartos de las políticas tiránicas de Donald Trump y del desencanto con Joe Biden, su victoria significa un ápice de esperanza: la posibilidad de que el descontento social se traduzca en alternativa política.

Pero también revela otra tensión: en un momento en que las derechas y ultraderechas ganan terreno en Europa y América, los socialistas moderados —o socialdemócratas— aparecen como “radicales”, cuando en realidad representan apenas un intento de recomponer el centro. Ese desplazamiento del eje ideológico es, quizás, lo más peligroso: que el término “izquierda” se vacíe de contenido hasta confundirse con una gestión más amable del mismo sistema.

Si la izquierda institucional no se atreve a cuestionar las condiciones estructurales del capitalismo —la propiedad privada, el poder financiero, la lógica imperial— terminará siendo un paliativo del descontento, no su superación.

El ascenso de Zohran Mamdani simboliza una fractura en el consenso neoliberal, pero también pone sobre la mesa los desafíos de construir poder real dentro del capitalismo. Su victoria puede ser el inicio de un nuevo ciclo de esperanza o el primer paso hacia la cooptación. De la lucidez de sus decisiones y de la presión de las bases dependerá el rumbo.

Por eso, seguirle la pista no es solo cuestión de observación, sino de aprendizaje. Si se mantiene firme, puede inspirar; si cede, puede advertirnos de nuevo. En cualquier caso, su triunfo obliga a las izquierdas del mundo a reflexionar sobre su propia tarea: construir una izquierda verdaderamente revolucionaria y radical, no solo como principio ideológico, sino como aspiración colectiva de las masas hartas del neoliberalismo, las derechas y las pseudo izquierdas partidistas que no se atreven a tocar las raíces del poder.