Por Cuauhtémoc Ruiz
¿Qué son, quiénes son los trotskistas? Son los seguidores de León Trotsky, quien, junto con Vladimir Lenin dirigió la revolución rusa de 1917. Lenin murió tempranamente, en 1924, aunque pudo ver que el ideario igualitario, demócrata e internacionalista de 1917 era dejado de lado por uno de sus compañeros, el poderoso secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, José Stalin. Lenin propuso enfáticamente la destitución de Stalin, lo que no ocurrió y éste se consolidó en el poder, desde donde defendió los intereses de una burocracia privilegiada y antidemocrática que traicionó la causa socialista.
Trotsky continuó la obra de Lenin, lo que implicó oponerse al habitante del Kremlin. En ello perdió la vida: en México, había conseguido el refugio del general Lázaro Cárdenas. Fue asesinado en Coyoacán, en 1940. Sus seguidores continuaron su obra, que es la lucha por el socialismo de Carlos Marx, Federico Engels, Rosa Luxemburgo. Se organizaron en la Cuarta Internacional, para encabezar la revolución socialista en el planeta. De la corriente trotskista mexicana habla Josué Bustamante.
En los años 40s la Cuarta Internacional había perdido a su principal líder, Trotsky, sin que ninguno de sus seguidores tuviera la capacidad de sustituirlo, nadie tenía su experiencia, autoridad política y moral y su gran habilidad para el análisis histórico y político. Los trotskistas en México en los años 40s eran un puñado y el liderazgo internacional que tenían era débil y errático. La agrupación de los trotskistas mexicanos se llamó Partido Obrero Internacionalista (POI).
Tenían poco dinero y las fuerzas que enfrentaban eran muchas e influyentes: la dirigencia sindical charra de la CTM (la actual Confederación de Trabajadores de México), Washington, el PRM (luego PRI), el Partido Comunista Mexicano, la derecha… En esos años del siglo pasado hubo numerosas luchas sindicales y el POI tuvo el mérito de participar en ellas. La prensa de los socialistas revolucionarios circulaba entre los obreros gráficos, textiles, petroleros y en unos 15 gremios más. El partido afirmaba contar con oficinas en cinco ciudades, un logro que es más comprensible para los que hayan intentado formar un partido obrero con recursos mínimos y la fiera hostilidad del resto de fuerzas políticas. Estos militantes eran calumniados y deshonrados por los priistas y “comunistas”, es decir, stalinistas. De todo ello da cuenta el historiador Bustamante González en las páginas 95 a 130, que están entre las mejores de su texto.
El POI llevó su participación política más allá de los trabajadores urbanos y colaboró activamente en el estado de Morelos con el líder campesino Rubén Jaramillo, que había sido uno de los principales lugartenientes del general Emiliano Zapata. Jaramillo fundó el Partido Agrario Obrero Morelense que participó en la elección a gobernador de 1946 con el apoyo del POI y en contra del PRI. Como era de esperarse fue víctima de un grotesco fraude electoral. Ese mismo año, el 21 de agosto, en conmemoración del asesinato de León Trotsky, Jaramillo estuvo en el acto del POI, al que asistieron 200 personas, un éxito para esos años en la ciudad de México. Estaban en el local del sindicato de trabajadores de la industria textil. El morelense tomó la palabra. Dijo que “ahora sabía porque asesinaron a Trotsky.” El encuentro entre los trotskistas y el líder zapatista significó la conjunción entre lo más avanzado del movimiento obrero mundial con el ala más congruente y radical de la Revolución mexicana. (El 23 de mayo de 1962 un destacamento de unos 60 soldados apoyado por policías judiciales sacó de su casa, en Tlaquiltengo, a Jaramillo, a su esposa Epifania, que estaba embarazada, y a sus hijos Enrique, Filemón y Ricardo, militantes de la Juventud Comunista. Más tarde, cerca de la zona arqueológica de Xochicalco, los Jaramillo fueron acribillados y rematados en la cabeza. Los asesinatos fueron ejecutados por órdenes del presidente Adolfo López Mateos-PRI).
En 1948, el grupo trotskista llamó a sus simpatizantes para que apoyaran económicamente la prensa obrera. Lo mismo les ocurrió a los trotskistas de la década siguiente, llena de años difíciles para la causa socialista. En 1955 el periódico “¿Qué hacer?” aceptó que dejaría de publicarse. Pero la llama marxista revolucionaria no se apagó. El historiador Josué Bustamante se pregunta: ¿qué les permitió a los trotskistas mantenerse en medio de las adversidades? Contesta que “la convicción”, la creencia casi religiosa en lo correcto de sus fundamentos teóricos, programáticos y éticos, y, agrego yo, la fe en que la lucha y la solidaridad siempre pagan.
El programa de la corriente marxista revolucionaria ha mantenido durante décadas cuestiones que se han alterado poco: la lucha por la democracia en todos los ámbitos de la vida social y en las organizaciones sindicales, en donde llama a desterrar a los que quieren sofocarla, “charros”, burócratas enriquecidos y traidores a la causa. La independencia de los trabajadores es otro principio, en oposición a la conversión de los sindicatos en cuerpos del Estado capitalista o en organizaciones manipuladas por los partidos de la burguesía. Se reprueba a los que llaman a la clase obrera a apoyar a burgueses “demócratas”, “nacionalistas” o “progresistas”. En este programa hay un lugar importante para el mejoramiento de la vida material y espiritual del pueblo, la “democracia de los niervos y músculos”, el derecho al descanso y al ocio. El feminismo militante, la creación de condiciones materiales y culturales para el desarrollo de las mujeres, los jóvenes y las minorías. El internacionalismo, la noción de que todos los trabajadores, mujeres y hombres, y demás, somos iguales y debemos reconocernos como hermanos sin que importe el credo religioso, el color de la piel, la orientación sexual. La necesidad de que el proletariado internacional, los campesinos pobres y medios, los jóvenes trabajadores dirijan la economía y la sociedad con criterios nuevos, humanos y distintos a los del capitalismo, que está basado en el lucro, el egoísmo y el enriquecimiento privado. Posteriormente se añadió la defensa del medio ambiente y otras reivindicaciones.
Años 60s: La Renovación
El año 1959 y la década de los 60s fueron diferentes, llenas de triunfos del proletariado, empezando por la Revolución cubana. La guerra en Vietnam fue perdida por el imperio francés y luego constituyó un gran dolor de cabeza para Estados Unidos, que entró al quite sin éxito. 1968 fue la gran fecha de la posguerra. Ocurrió el “mayo francés”, un levantamiento estudiantil-obrero que conmocionó al globo; algo parecido aconteció en Checoeslovaquia, cuya rebelión fue sofocada por tanques rusos, es decir, fue reprimida sangrientamente por el núcleo del stalinismo mundial, lo que lo desnudó como una fuerza contrarrevolucionaria. Sucedió el movimiento estudiantil popular mexicano y anunció el ocaso del priato. Fueron momentos de otro signo, favorables para el desarrollo de corrientes radicales, feministas e internacionalistas. En Francia, los trotskistas tuvieron una intervención exitosa que les permitió publicar un diario, Rouge (Rojo).
En 1960 los hermanos David y Manuel Aguilar Mora fundaron la Liga Obrera Marxista (LOM). Poco antes se había formado otro grupo, el Partido Obrero Revolucionario (trotskista- PORt)). Ambas agrupaciones desarrollaron una intensa actividad en estos años, publicaron periódicos, se ligaron a obreros y estudiantes. La LOM llegó al movimiento de 1968 con un grupo de cuadros y dirigentes brillantes conocidos en la universidad nacional, que destacaban por sus conocimientos de política, economía, teoría marxista, idiomas y por su pensamiento novedoso y avanzado. Difundían, entre otros autores, a la norteamericana Evelyn Reed, antropóloga y feminista, y al destacado economista belga Ernest Mandel.
En 1962 el dirigente campesino de Cusco, Perú, el trotskista indígena Hugo Blanco, organizó una guerrilla de masas. Fue capturado el año siguiente y estuvo en peligro de ser ejecutado. Una campaña internacional salvó su vida y la de sus compañeros. En esta situación se desarrolló con fuerza otro fenómeno, que causó graves daños entre los cuarta-internacionalistas de América latina: las guerrillas vanguardistas (diferentes a los movimientos armados de masas y a las insurrecciones de obreros), puestas de moda por la Revolución cubana y el Che Guevara.
Las siguientes experiencias armadas en las que participaron grupos trotskistas fueron frustrantes y algunas trágicas. El PORt se vinculó en 1966 a la guerrilla guatemalteca y cometió en ella graves errores. La contraofensiva represiva que les lanzó el gobierno de ese país, muy probablemente en connivencia con el gobierno de México, los diezmó: 35 guerrilleros fueron brutalmente ejecutados, entre ellos los mexicanos David Aguilar Mora (hermano de Manuel, como hemos dicho) y Eunice Campirán Villicaña, ambos muy jóvenes (eran pareja), mártires de la revolución latinoamericana.
En el movimiento de 1968 los militantes que habían estado en la LOM tuvieron una participación destacada en los comités de distintas escuelas y en el Consejo Nacional de Huelga, al que influyeron. Los trotskistas tenían un pensamiento original y radical, al plantear la “autogestión académica”, la “democracia cognoscitiva” el pensamiento crítico y militante. Lograron influir (y ser influidos) por el escritor, pensador y militante comunista José Revueltas, ex preso político y autor de algunas de las novelas y cuentos más descollantes del siglo pasado. Con él formaron, en septiembre de 1968, el Movimiento Comunista Internacionalista.
Luego de la ocupación por el Ejército del Instituto Nacional Politécnico y de la Universidad, así como de la matanza en Tlatelolco, el movimiento se concentró en la liberación de los cientos de presos. Dice Josué Bustamante que en esta tarea la difusión que hizo la Cuarta Internacional fue muy importante.
La fecunda década de los 70s
Luego de 1968 el priato ya no encontró calma. Se desató una “insurgencia sindical” y continuaron las luchas estudiantiles y campesinas. El PORt no pudo sobreponerse a los golpes represivos y algunos de sus líderes, como el argentino Adolfo Gilly, cayó a la cárcel en México. Desde ese lugar alumbró el texto más leído sobre la Revolución mexicana, La revolución interrumpida, que contiene pasajes notables, escritos con una gran fuerza expresiva y pasión por las masas participantes en la bola (su último capítulo, en cambio, es una gran equivocación, al suponer que el cardenismo es revolucionario).
La mayoría de dirigentes de la Cuarta Internacional fue incapaz de resistir la fiebre guerrillera -que padecían casi todos los jóvenes radicalizados- y en el congreso de 1969 resolvió la formación de guerrillas por los partidos trotskistas latinoamericanos. Simultáneamente se organizó una oposición dentro de la Cuarta Internacional al guerrillerismo vanguardista, que enfatizó en la necesidad de construir partidos marxistas entre los sindicatos, los campesinos y los estudiantes, con una estrategia de organizar huelgas generales e insurrecciones basadas en las organizaciones de las masas. En México, como producto de esta división, en 1972 se formó la Liga Socialista (LS), antecedente lejano del Partido Obrero Socialista (POS, fundado en 1980).
También en 1972 el GCI comenzó la edición de Bandera Roja, que se publicaría hasta mediados de 1976. He tenido la oportunidad de conocer esta publicación, animada principalmente por Manuel Aguilar Mora, que fraternalmente me permitió leer su colección. Bandera Roja es una de las mejores experiencias de prensa radical en México, uno de sus momentos estelares por el alto nivel de su contenido político y teórico, así como por la audacia de su diseño gráfico. Reflejaba que el alza en el trotskismo continuaba. Para estas fechas además del GCI existía, como dijimos, la LS, la LOM (diferente a la que hemos mencionado antes aquí), el grupo que publicaba el periódico Rojo y tal vez más. LS y GCI acordamos formar el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) en mayo de 1976 y se fundó cuatro meses después.
Hasta la fecha de fundación del PRT llega la investigación del historiador Josué Bustamante, que aclara no ser trotskista. Este recorrido en la historia de esta corriente socialista, al que sus seguidores consideramos el único marxismo contemporáneo existente, le llevó a Bustamante años de paciente trabajo, investigación y redacción. La labor es cuesta arriba puesto que el estudioso debe insertar a sus objetos en la compleja y siempre cambiante situación internacional desde la Segunda Guerra hasta mediados de los años 70s. La investigación incluyó las distintas organizaciones que se iban creando o desprendiendo de otras, producto de rupturas y divergencias, así como de debates muchas veces difíciles de entender.
Bustamante ha guiado sus indagaciones atendiendo a la prensa de los distintos grupos que estudió, a su participación internacionalista y a lo que llama “sociabilidad transnacional”, es decir, sus vínculos políticos, teóricos y también humanos entre revolucionarios de distintos orígenes y latitudes. Cada tanto resalta la superioridad intelectual de los líderes, cuadros y militantes de esta corriente política internacional, así como su pasión por las publicaciones, los periódicos, folletos y libros.
Bustamante afirma que los troskos somos “parte significativa” del decurso de México en el siglo XX. Si esto es cierto, nuestro historiador tiene, entre otros méritos, el de ponerlo de relieve.
Septiembre de 2025.
Los trotskistas mexicanos, 1940-1976, libro de Josué Bustamante González (México, Universidad Jaume, Museo Casa León Trotsky, 2025.)