Crónicas de una maestra normalista: La importancia de una jubilación digna

Ale Magariño

Con el paso del tiempo, siento que las cosas no han mejorado, al contrario, han empeorado. Soy maestra normalista, egresada combativa, pero ya en el servicio me encuentro con compañeros que ya no quieren luchar ni defender sus derechos.

Muchos esperan obtener beneficios inmediatos sin la disposición de asumir el sacrificio que implica la lucha.

Hace doce años siendo estudiante nos tocó enfrentar a los directivos de la Escuela Normal donde estudiaba, ellos impulsaban la traición al movimiento, aceptando el examen regionalizado y asegurando espacios en el Comité Ejecutivo Seccional (CES) antes que el compromiso con el gremio. En aquel entonces entendíamos que había causas que valía la pena defender porque nuestro futuro trabajo estaba en juego.

Hoy en cambio, pareciera que reina la tibieza y la indecisión. Nadie quiere incomodar, pocas personas quieren asumir el costo de sostener sus ideales y causas, menos sostener el ideal principal de luchar y ser consecuente con sus principios y su formación.

Lo que más duele es que como maestros jovenes estamos hablando de nuestra jubilación, la lucha contra la Reforma a la Ley del ISSSTE del 2007. Entonces… ¿Por qué pensamos que la jubilación es una herencia que algún día llegará por sí sola?  como una casa, un automóvil o una cuenta bancaria que alguien más nos entregará.

Nuestra jubilación no es un regalo, es el fruto de toda una vida de trabajo y un derecho que debemos defender.

Muchos creen que la Sección 22 de la CNTE resolverá todo, como por arte de magia, olvidando que quienes ocupan el CES muchas veces terminan negociando de acuerdo con sus intereses personales o de grupo y no necesariamente con los de la base, de la colectividad, para mucha de esa gente el sueño colectivo ya no existe. Mientras tanto, quienes de verdad vivimos de nuestro magro salario seguimos cargando con la incertidumbre de una vejez empobrecida.

Quizá mi preocupación nace también de mi realidad. Soy maestra y madre de un niño neurodivergente y no puedo evitar pensar en nuestro futuro. Me pregunto si dentro de algunos años tendré la estabilidad económica para seguir acompañándolo y brindarle el apoyo que necesitará, cuando ahora incluso siendo activa carezco de esa solvencia. Esa incertidumbre me acompaña todos los días.

Y entonces vuelvo a preguntarme: ¿A nadie más le importa su jubilación? ¿Tan poco creemos que vale el esfuerzo de más de treinta años de trabajo? ¿De verdad pensamos que no merecemos una jubilación digna? Porque una jubilación digna no es un privilegio ni una dádiva; es el reconocimiento a toda una vida entregada al servicio, es un derecho que nos ganamos por toda una vida de servicio.

Tal vez el problema no sea únicamente que nos estén quitando derechos. Tal vez el problema más grande es que poco a poco, nos están convenciendo de que ya no vale la pena defenderlos. Pero muy a costa de la comodidad, sí vale luchar por nuestro futuro, y es necesario seguir organizándonos, seguir luchando y dar lo mejor de nosotros, porqué nosotros educamos al pueblo y somos indispensables para nuestras familias aún en la vejez.

¡El trabajo de toda una vida merece una jubilación digna!

¡Nuestra única recompensa después de una vida dedicada al servicio de la educación de la niñez es vivir felices en nuestros últimos años de vida!