Laura López
La escritora Simone de Beauvoir advertía que las mujeres no debían olvidar jamás que una crisis política, económica o religiosa puede influir para que sus derechos sean cuestionados. Estos derechos nunca están definitivamente garantizados; sino que son conquistas históricas que deben defenderse de manera permanente.
En la actualidad, con el avance de las derechas que ganan elecciones en distintos países del mundo y la difusión masiva de discursos fascistas ultraconservadores, el mensaje de Beauvoir resuena con una claridad inquietante. Los derechos que las mujeres y de la clase trabajadora que se han conquistado tras generaciones de lucha no son irreversibles: penden de un hilo y dependen, en todo momento, de la correlación de fuerzas políticas.
En el Estado de Tennessee, en Estados Unidos, legisladores del Partido Republicano, propusieron el 23 de febrero, un proyecto de ley que contempla imponer la pena de muerte a mujeres que interrumpan su embarazo, así como acusarlas de homicidio por estar “implicadas en el asesinato de su propio hijo no nacido”.
La iniciativa fue copatrocinada por la Representante estatal Jody Barrett y el Senador estatal Mark Pody, ambos integrantes del Partido Republicano. Aunque el proyecto de ley aún no se encuentra en el calendario para su discusión formal, según el periódico The Tennessean, su sola formulación constituye una señal alarmante del momento histórico que atravesamos.
Frente a noticias como esta, resulta inevitable evocar la novela distópica de Margaret Atwood, The Handmaid’s Tale (El cuento de la criada). Al escuchar a ciertos políticos de derecha o al seguir la actualidad internacional, Gilead parece cada vez más cercano y real
La pretensión de obligar a las mujeres a parir bajo amenaza de pena de muerte, y de decidir sobre sus cuerpos y sus vidas, representa un retroceso brutal en materia de derechos humanos. Es también una advertencia clara de cómo ciertos sectores políticos conciben a las mujeres: como cuerpos funcionales al sistema, como incubadoras cuya existencia solo tiene valor en la medida en que cumplen un rol impuesto.
Sin embargo, esta propuesta legislativa no es un hecho aislado. Es un síntoma de la ideología fascista del siglo XXI, que emerge como contrarrevolución ante una crisis profunda del capitalismo. Frente a la descomposición social, la pobreza creciente, las bajas tasas de natalidad, la imposibilidad de amplios sectores de la clase trabajadora de sostener una familia, la crisis de salud mental y el aumento estructural de la desigualdad, los sectores dominantes recurren al autoritarismo y al control social para preservar sus intereses de clase.
Cuando el capitalismo abraza medidas ultraconservadoras y misóginas, se hace evidente que la emancipación real y permanente de las mujeres no puede lograrse dentro de este sistema. Hoy es Tennessee con legisladores republicanos; mañana pueden ser en otros Estados, otros países. Iniciativas similares ya han sido planteadas en lugares como Texas y seguirán intentando imponerse.
Por ello, las mujeres del mundo solo podrán superar verdaderamente sus opresiones en la medida en que se transformen las estructuras que las sostienen. Aunque la abolición del capitalismo no eliminará automáticamente el patriarcado, resulta imposible pensar que derechos tan básicos como decidir sobre el propio cuerpo puedan considerarse definitivamente garantizados, mientras persista un sistema que instrumentaliza la vida y subordina todo a la lógica del capital. Tennessee, con sus sectores ultraconservadores pretendiendo condenar a muerte a mujeres por decidir, es hoy una prueba concreta de esa realidad.