Laura López
La escuela siempre expresa una visión del mundo. Cada contenido implica una postura política. Por ello, una educación emancipadora surge cuando las y los maestros analizan críticamente los programas oficiales. Quien enseña historia también moldea una comprensión del presente y una lectura del poder. Esta es una responsabilidad enorme, especialmente para quienes trabajan en las zonas más empobrecidas, rurales o indígenas del país.
En la primaria, niñas y niños reciben sus primeras nociones de “nación”, “patria”, “héroes” y “pasado común”. Todas estas ideas provienen de decisiones políticas del Estado. Los planes de estudio de la SEP articula una narrativa de México que sirve a los intereses del orden dominante. Los Estados nación, desde la modernidad, han organizado activamente la memoria colectiva: seleccionan lo que se recuerda, determinan cómo se recuerda y establecen lo que queda fuera del horizonte histórico. Recordar y enseñar el pasado constituye siempre un acto político.
La historia oficial mexicana presenta un relato lineal, armónico y progresivo: una nación mestiza orientada al desarrollo y a la integración en el mercado global. Ese relato afirma una continuidad ordenada del proyecto nacional. También afirma una imagen reconciliada del país que fortalece la cohesión del Estado. Esta versión promueve un sentido de identidad construido desde arriba y orientado a fortalecer la legitimidad del poder. En esa narrativa, la violencia estructural queda diluida; la expropiación de tierras indígenas, la represión estatal, el racismo institucional, las masacres y las traiciones a las luchas populares quedan relegadas al margen. El Estado aparece como gestor del desarrollo y garante del progreso, aun cuando su historia demuestra una participación activa en la consolidación de la desigualdad y la subordinación al imperialismo.
Enseñar historia desde un horizonte emancipador implica presentar estos procesos con claridad y rigor. Significa mostrar que la nación surge de disputas concretas entre proyectos de país. Significa que el mestizaje opera como un proyecto político
que uniforma identidades y limita la autodeterminación de los pueblos originarios. Significa que la historia se transforma por la acción colectiva de campesinos, obreros, estudiantes, mujeres y comunidades organizadas. Significa que la Revolución Mexicana se convirtió en un mito funcional para el régimen posrevolucionario. Significa que cada héroe nacional encarna tensiones políticas reales, decisiones estratégicas y alianzas fundadas en los intereses de su época.
Educar desde esta perspectiva afirma la dignidad de las y los estudiantes al ofrecerles una visión verdadera, compleja y crítica del país. Permite comprender la represión estatal como una herramienta histórica; el racismo como una estructura económica y política; a las mujeres como sujetas históricas y constructoras de transformaciones profundas; y a las luchas sindicales, campesinas y estudiantiles como motores fundamentales de la historia mexicana.
Mirar críticamente los programas de estudio representa un ejercicio de responsabilidad política. Las niñas y los niños de comunidades rurales o indígenas merecen una educación que permita entender el mundo desde su experiencia material, su historia colectiva y su posición estructural. Merecen conocer las raíces de las injusticias que enfrentan y las posibilidades reales de transformación.
La CNTE ha sostenido durante décadas que educar es un acto político. Esta afirmación se materializa cuando cada maestra y maestro abre un horizonte distinto dentro del aula. Enseñar historia con una mirada crítica, latinoamericana y de clase fortalece la conciencia política de las nuevas generaciones y consolida una pedagogía que fomenta pensamiento propio, dignidad y resistencia.
Educar también implica disputar el sentido del pasado. Al disputar el pasado, se amplía el horizonte del futuro. Por eso, enseñar historia de manera emancipadora constituye un acto de compromiso con las luchas anteriores, con la dignidad del presente y con la posibilidad de un mañana distinto. Preparar a las nuevas generaciones para transformar el mundo es darle continuidad a la tarea política que define al magisterio democrático.